Mexicanos

El velorio

Nadie llamaba de México a menos que fuera una emergencia. No entendía mucho entre los sollozos de su mamá. Sólo sabía que su papá se enfermó la semana pasada, pero sólo lo supo por una carta que apenas llegó esa mañana. Por fin, su mamá dejó de llorar y le explicó a Carmen que tenía que ver a su papá ahora mismo. Sería la última oportunidad. Toda la familia estaba al lado de su cama donde agonizaba. En el fondo, oyó una voz débil, “¡Tienes que venir! ¡Tu papá pregunta por ti! También quiere ver a su nuevo nieto.”

Inmediatamente consiguió boletos para volar a México y su esposo la llevó al aeropuerto. Tenían que despegar de Newark, pero cuando pidieron direcciones al aeropuerto, el vecino puertorriqueño se equivocó y les dio direcciones para el aeropuerto en New York. Nunca oía la diferencia entre Newark y New York.

Cuando llegaron a la puerta de embarque, el agente les dijo que estaban en el aeropuerto equivocado. Corrieron al coche y se fueron para el aeropuerto en Newark. Llegaron justo cuando se despegó su vuelo. Carmen empezó a llorar. Ahora no vería a su papá por última vez. Su esposo trataba de calmarla, pero lloraba aún más. Un hombre la vio y le preguntó que pasaba. Le explicó que perdió su vuelo para ver a su papá que estaba a punto de morir. Por casualidad, el hombre volaba a Texas por avión privado. Le ofreció llevarla hasta Texas y de allí le arreglaría cómo llegar a México.

Cuando llegó a Celaya, ya era de noche y vio la luz por las ventanas de la recámara de sus padres. Miró adentro y vio velas por todas partes. Tocó a la puerta y el perro ladró. Pero nadie le abría la puerta. Se acercó a la ventana de la recámara encendida y lo vio rodeado de su esposa y sus hijas. Tenía una foto de Carmen en sus manos. Todos rezaban.

Carmen fue a tocar a la puerta de nuevo. Esta vez, la puerta abrió y vio a su hermana Laura con una charola con tazas de café para todos. Cuando Laura vio a Carmen con su hijo, gritó “¡Ay!” y dejó caer la charola de café. El perro le ladraba a Carmen que ahora tenía miedo de entrar. Laura corrió a la recámara donde todos estaban, pero no regresó por el susto que sufrió. Volvió la mamá a la puerta y empezó a llorar. Abrazó a Carmen y a su hijo. Les dijo a los demás que vinieran a la puerta para saludar a Carmen y a su hijo. Todos la abrazaban y lloraban.

Por fin, Carmen les preguntó, “Pero ¿por qué lloran? ¿Ya falleció mi papá? Es que llegué demasiado tarde, ¿verdad?”

“No, todavía no,” dijo su mamá. “Lloramos de alegría. ¡Creíamos que estabas muerta!”

Laura dijo, “Me asusté porque creía que vi tu fantasma.”

Carmen les dijo que no entendía lo que pasaba, pero estaba contenta de ver a todos.

Finalmente, su mamá le dijo que cuando fueron por ella al aeropuerto, les dijeron que se estrelló su avión y que todos los pasajeros murieron. Creían que Carmen y su hijo habían muerto. Pero no era así. Y Carmen pudo despedirse de su papá antes de que falleciera.

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¡Yo soy mexicano!

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Yo no soy mexicano, pero mi hermano sí.

Cuando era niño, vivíamos en Chicago y viajábamos a México cada año. Mi papá le prometió a mi mamá que podía visitar a su mamá cada año si se casara con él. Una vez que íbamos mi hermano Daniel y yo a México con mi mamá, mi papá le dijo que no fuera porque estaba embarazada. Todo mundo le decía que no fuera hasta después del parto. Mi mamá le dijo a mi papá, “A mí nadie me manda”, y nos fuimos a México. Pues, mi hermanito Diego nació en Celaya, Guanajuato, en la casa de mi tía. La próxima vez que mi mamá se embarazó, nos quedamos en Chicago y mi hermano Ricardo nació en nuestro apartamento.

Cuando yo tenía doce años y ya todos asistíamos a la escuela, yo, por ser el mayor, cuidaba a mis hermanitos mientras nuestros padres trabajaban. Los vestía, los acompañaba a la escuela y los acompañaba a casa después de la escuela. Siempre jugábamos juntos y a veces nos peleábamos, pero éramos muy unidos. A Diego le daba tanto orgullo de ser mexicano de 100% por haber nacido en México. Nos decía, “¡Ustedes no son mexicanos como yo!”. Según él, Daniel, Ricardo y yo éramos gringos por haber nacido en los Estados Unidos. Diego siempre nos decía con mucho orgullo, “¡Yo nací en México! ¡Yo soy mexicano!”.

Cuando salíamos de la escuela, a veces cada uno de nosotros iba con su amigo y luego nos encontrábamos en casa antes de que llegara mi mamá del trabajo. Pero una vez, no llegó Diego para la hora fijada. Me puse nervioso porque sabía que mi mamá se enojaría conmigo por haber perdido a mi hermanito. Lo fui a buscar por todo el barrio, pero no lo encontré. Cuando mi mamá llegó, me preguntó, “¿Ya están todos?”. No le dije nada. Inmediatamente, mi mamá se dio cuenta de que alguien faltaba. “¿Dónde está Diego?”, me preguntó. “No sé”, le dije casi llorando.

Mi mamá nos abrigó y salimos a buscar a Diego, pero no lo encontramos. Volvimos a casa y mi mamá hizo varias llamadas a parientes y a vecinos. Nadie sabía dónde estaba mi hermanito. De repente, vimos por la ventana que se estacionaba un coche grande y negro frente de la casa. Salieron dos hombres de traje negro con mi hermanito. Diego volvía solo a casa después de visitar a un amigo cuando los oficiales de la migra lo vieron. Le preguntaron, “¿Dónde naciste?”, y mi hermanito naturalmente contestó con mucho orgullo, “¡Yo nací en México! ¡Yo soy mexicano!” y se lo llevaron. Después de varias horas, lo trajeron a nuestra casa y mi mamá les enseñó documentos para comprobar que Diego estaba en los Estados Unidos legalmente. Luego mi mamá regañó a Diego y le dijo, “¡Ya no le digas a nadie que naciste en México!”.

Diego no nos habló por varios días. Por fin, durante la cena, nos anunció a toda la familia, “¡No! ¡Yo nací en México! ¡Yo soy mexicano!”

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